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  • Marcelo Fraile Narváez

    Marcelo Fraile es arquitecto, doctor e investigador en arquitectura contemporánea, especializado en diseño computacional, arquitectura biodigital, inteligencia artificial aplicada al proyecto y fabricación digital. Su trabajo se sitúa en la intersección entre teoría crítica y experimentación tecnológica: no entiende la arquitectura como un objeto estable, sino como un sistema material e informacional que evoluciona, se adapta y entra en conflicto con el mundo que pretende ordenar.

    En el siglo XXI, proyectar ya no consiste en repetir tipologías heredadas ni en pulir estilos. Consiste en operar con complejidad: datos, modelos, simulaciones, comportamiento material, lógicas algorítmicas y culturas visuales que se reconfiguran a velocidad de vértigo. Desde esa premisa, Marcelo Fraile investiga cómo la arquitectura puede recuperar ambición intelectual sin caer en nostalgias ni en futurismos vacíos; cómo puede ser crítica sin convertirse en retórica; y cómo puede usar tecnología avanzada sin reducirse a estética “paramétrica” o a exhibición de software.

    Su enfoque combina teoría de la arquitectura, genealogías del imaginario utópico y análisis de las tensiones contemporáneas —burocracia, estandarización, pérdida de sentido cultural— con el desarrollo de metodologías orientadas a sistemas: diseño generativo, bioinspiración, procesos adaptativos y exploración de herramientas de inteligencia artificial como instrumentos de pensamiento proyectual. La tecnología, en esta línea, no es una promesa redentora: es un amplificador. Puede profundizar la arquitectura o vaciarla. La diferencia la marca el marco conceptual.

    Synth-Lab es el espacio donde converge esta investigación: un laboratorio experimental orientado a explorar la intersección radical entre arquitectura, biología e inteligencia artificial. No se trata de imitar la naturaleza ni de reproducir formas “orgánicas” como decorado, sino de comprender y traducir lógicas de crecimiento, adaptación y autoorganización a sistemas de proyecto. El objetivo es claro: diseñar arquitecturas sintéticas, vivas y adaptativas que operen bajo dinámicas complejas, integrando procesos computacionales y materialización contemporánea.

    Dentro de este marco, Marcelo Fraile desarrolla una línea editorial articulada en cuatro libros que funcionan como un sistema coherente —cuatro vectores para leer el presente y ampliar lo posible—: Anomalías. De la arquitectura contemporánea aborda los fenómenos que están dejando sin efecto a la arquitectura tal como se la ha entendido en las últimas décadas; Utopías arquitectónicas: genealogía de lo posible recorre proyectos utópicos como dispositivos intelectuales que revelan deseos, miedos y modelos de sociedad; Arquitectura siglo XXI analiza la condición contemporánea y el desplazamiento del proyecto desde la forma hacia el proceso, los datos y la infraestructura cultural; y Arquitectura biodigital plantea un cambio de paradigma donde biología, computación, inteligencia artificial y fabricación digital reconfiguran la relación entre proyecto, materia y construcción.

    Estas obras no se proponen como manuales ni como discursos complacientes. Son herramientas de análisis y de fricción. Su intención es recuperar algo que la disciplina ha ido perdiendo: capacidad de pensamiento, precisión conceptual y potencia de futuro. Porque cuando la arquitectura renuncia a pensar —y se limita a cumplir— deja de ser arquitectura y pasa a ser administración del espacio.

    Marcelo Fraile publica, investiga y produce contenidos sobre teoría arquitectónica contemporánea, arquitectura digital, bioinspiración, diseño paramétrico, cultura visual, ciudades y tecnología. Sus intereses incluyen también la relación entre arquitectura y ciencia ficción, la construcción de imaginarios urbanos y la transformación del patrimonio en la era de las cartografías digitales. Desde este cruce, impulsa proyectos de investigación, docencia y producción cultural orientados a una arquitectura más radical, más crítica y más informada por los sistemas del presente.

    Si quieres contactar para colaboración académica, proyectos, conferencias o publicaciones, puedes hacerlo desde la sección de contacto de Synth-Lab.

  • Anomalías. De la arquitectura contemporánea

    Anomalías. De la arquitectura contemporánea es un ensayo crítico sobre los fenómenos que están desbordando, erosionando y dejando sin efecto la arquitectura contemporánea tal como fue concebida durante el siglo XX. El libro no analiza la arquitectura desde sus obras canónicas ni desde sus discursos oficiales, sino desde aquello que no encaja: disfunciones, desviaciones, excesos y contradicciones que revelan una crisis más profunda que la mera obsolescencia estilística.

    En Anomalías, la arquitectura no aparece como una disciplina estable, sino como un sistema tensionado por fuerzas externas que ya no controla. Globalización, digitalización, burocratización, mercantilización del proyecto, aceleración tecnológica y pérdida de sentido cultural configuran un escenario en el que muchas de las herramientas tradicionales del arquitecto resultan inoperantes. El libro no plantea esta situación como una decadencia nostálgica, sino como un síntoma que exige ser leído con rigor.

    El concepto de anomalía se utiliza aquí en un sentido preciso. No se trata de errores puntuales ni de excepciones marginales, sino de fenómenos recurrentes que ponen en cuestión las reglas del sistema. La anomalía revela aquello que el modelo no puede explicar ni absorber. En este sentido, el libro propone leer la arquitectura contemporánea desde sus fallos estructurales, allí donde el discurso disciplinar se rompe y deja ver sus límites.

    Uno de los ejes centrales del ensayo es la distancia creciente entre arquitectura y experiencia real del habitar. Mientras la disciplina produce imágenes, renders y relatos cada vez más sofisticados, la vida cotidiana se desarrolla en espacios genéricos, normativizados y profundamente despolitizados. Anomalías analiza cómo la arquitectura ha sido progresivamente desplazada de su capacidad transformadora para convertirse en un producto visual, fácilmente consumible y rápidamente obsoleto.

    El libro examina con especial atención el papel de la burocracia, la normativa y los sistemas de evaluación en la producción arquitectónica contemporánea. Lejos de garantizar calidad, estos mecanismos tienden a generar arquitecturas defensivas, diseñadas para cumplir requisitos más que para pensar el espacio. La anomalía aparece entonces como una consecuencia directa de un sistema que prioriza la gestión sobre el proyecto y la certificación sobre la reflexión crítica.

    Otro de los temas clave es la estandarización extrema de los procesos de diseño. Tipologías repetidas, soluciones prefabricadas, catálogos normativos y modelos exportables han reducido la arquitectura a una práctica de ajuste y adaptación mínima. Anomalías no demoniza estos procesos, pero los expone como síntomas de una pérdida de ambición intelectual. Cuando todo es optimizable, lo verdaderamente problemático deja de plantearse.

    La relación entre arquitectura y tecnología ocupa un lugar central en el ensayo, pero desde una perspectiva crítica. El libro cuestiona la ilusión de que lo digital, por sí solo, pueda resolver los problemas de la disciplina. Algoritmos, inteligencia artificial y herramientas avanzadas no garantizan una arquitectura mejor si se integran en un marco conceptual agotado. En muchos casos, la tecnología actúa como una capa cosmética que disimula la falta de pensamiento proyectual profundo.

    Anomalías también aborda la crisis del relato arquitectónico. La disciplina ha perdido la capacidad de construir narrativas convincentes sobre su función social, cultural y política. En su lugar, proliferan discursos vacíos, slogans y etiquetas que funcionan bien en redes sociales y plataformas visuales, pero que carecen de densidad teórica. La anomalía se manifiesta aquí como una desconexión entre lo que la arquitectura dice de sí misma y lo que realmente produce.

    El ensayo propone leer estas anomalías no como fracasos individuales, sino como indicadores de un cambio de época. La arquitectura contemporánea se encuentra atrapada entre modelos heredados que ya no funcionan y futuros prometidos que nunca terminan de llegar. En este intersticio, surgen prácticas híbridas, desviadas y a menudo invisibles que el libro analiza como posibles puntos de inflexión.

    Dirigido a arquitectos, investigadores, docentes y estudiantes, Anomalías. De la arquitectura contemporánea se sitúa deliberadamente fuera del confort disciplinar. No ofrece soluciones rápidas ni manuales de corrección, sino un marco crítico para pensar por qué la arquitectura ha llegado a este punto. Su escritura es directa, analítica y provocadora, evitando tanto el academicismo complaciente como la denuncia superficial.

    El libro dialoga con la teoría arquitectónica contemporánea, pero también con la sociología, la filosofía y los estudios culturales. Esta transversalidad no busca diluir la disciplina, sino poner en evidencia que muchos de los problemas actuales de la arquitectura no pueden entenderse desde una mirada exclusivamente interna. La anomalía, en este sentido, es siempre un fenómeno relacional.

    Lejos de proponer un retorno a modelos idealizados del pasado, Anomalías plantea la necesidad de asumir el conflicto como condición productiva. Pensar la arquitectura desde sus fisuras implica aceptar la incertidumbre, cuestionar las jerarquías establecidas y renunciar a la falsa seguridad de los sistemas cerrados. La crítica no aparece aquí como destrucción, sino como posibilidad de reconfiguración.

    En un contexto en el que la arquitectura corre el riesgo de volverse irrelevante, este ensayo propone detenerse y mirar aquello que no encaja, lo que incomoda, lo que no funciona según lo previsto. Porque es precisamente en esas anomalías donde se hace visible la necesidad de repensar radicalmente la disciplina.

    Anomalías. De la arquitectura contemporánea se presenta así como un libro incómodo, pero necesario. No busca salvar la arquitectura ni dictar su futuro, sino ofrecer herramientas conceptuales para entender por qué muchas de sus promesas han quedado suspendidas. Leer la arquitectura desde la anomalía es, en última instancia, una forma de recuperar su capacidad crítica en un mundo que tiende a neutralizarla.

    Synthlab – Marcelo Fraile Narváez

  • Arquitectura siglo XXI

    Arquitectura siglo XXI es un ensayo crítico sobre la transformación profunda de la arquitectura contemporánea en un contexto marcado por la globalización, la aceleración tecnológica, la crisis ambiental y la mutación de los modos de vida. El libro no propone una historia lineal ni un catálogo de tendencias, sino una lectura analítica de los cambios estructurales que han redefinido el proyecto arquitectónico en las primeras décadas del siglo XXI.

    La arquitectura del siglo XXI aparece aquí como un campo atravesado por tensiones: entre lo local y lo global, entre lo material y lo digital, entre el objeto y el sistema, entre la autoría individual y los procesos colectivos. Lejos de la retórica de la “nueva arquitectura” o de los discursos celebratorios sobre la innovación, el libro adopta una posición crítica que permite entender por qué muchas de las categorías heredadas del siglo XX resultan hoy insuficientes para describir lo que realmente está ocurriendo en la disciplina.

    Uno de los ejes centrales del ensayo es el desplazamiento del proyecto arquitectónico desde la forma hacia el proceso. La arquitectura del siglo XXI ya no se define exclusivamente por su apariencia formal, sino por su capacidad para gestionar flujos, datos, programas, infraestructuras y relaciones complejas. En este contexto, conceptos como flexibilidad, adaptabilidad, resiliencia o sostenibilidad dejan de ser atributos añadidos y pasan a constituir el núcleo mismo del diseño arquitectónico.

    El libro analiza cómo la globalización ha transformado radicalmente las condiciones de producción de la arquitectura. La circulación acelerada de imágenes, modelos y referencias ha generado un paisaje arquitectónico homogéneo, donde las diferencias culturales tienden a diluirse bajo lógicas económicas y mediáticas comunes. Arquitectura siglo XXI no se limita a denunciar este fenómeno, sino que explora sus implicaciones profundas: la estandarización de soluciones, la espectacularización del proyecto y la conversión de la arquitectura en producto de consumo visual.

    Frente a este escenario, el texto examina el papel de la tecnología digital como uno de los motores fundamentales del cambio disciplinar. Modelado computacional, diseño paramétrico, simulación, bases de datos y automatización no se presentan como herramientas neutrales, sino como dispositivos que transforman la manera de pensar, proyectar y construir. La arquitectura del siglo XXI ya no se concibe únicamente a través del dibujo o el plano, sino mediante sistemas de información que integran múltiples variables desde las primeras fases del proyecto.

    El ensayo dedica una atención especial a la relación entre arquitectura y crisis ambiental. Más allá de los discursos simplificados sobre sostenibilidad, el libro plantea que el siglo XXI obliga a repensar la arquitectura como parte de un sistema ecológico más amplio. Energía, recursos, clima y territorio dejan de ser condicionantes externos para convertirse en elementos estructurales del proyecto. Esta transformación no implica únicamente nuevas soluciones técnicas, sino un cambio profundo en la forma de entender la responsabilidad del arquitecto.

    Otro de los temas clave es la mutación del espacio doméstico, laboral y urbano en el siglo XXI. La digitalización de la vida cotidiana, el teletrabajo, la hiperconectividad y la hibridación de usos han desdibujado las fronteras tradicionales entre vivienda, oficina, espacio público y privado. Arquitectura siglo XXI analiza cómo estos cambios afectan a la organización espacial, a los programas arquitectónicos y a las tipologías heredadas, poniendo en evidencia la obsolescencia de muchos modelos aún vigentes.

    El libro también aborda la crisis del autor y del relato heroico en la arquitectura contemporánea. Frente a la figura del arquitecto-genio que dominó gran parte del siglo XX, el siglo XXI se caracteriza por procesos colaborativos, interdisciplinarios y, en muchos casos, anónimos. Sin idealizar esta transformación, el texto examina sus efectos sobre la práctica profesional, la enseñanza de la arquitectura y la construcción del discurso arquitectónico.

    Desde una perspectiva teórica, Arquitectura siglo XXI dialoga con la historia reciente de la disciplina para mostrar continuidades y rupturas. El libro no plantea un corte radical con el pasado, sino una relectura crítica de los paradigmas modernos y posmodernos a la luz de las condiciones actuales. De este modo, permite entender el siglo XXI no como una etapa completamente nueva, sino como un momento de reconfiguración profunda de problemas persistentes.

    El ensayo se dirige a arquitectos, investigadores, docentes, estudiantes y lectores interesados en comprender la arquitectura contemporánea más allá de las modas y los rankings. Su escritura combina rigor conceptual con claridad expositiva, evitando tanto el academicismo cerrado como la divulgación superficial. Cada capítulo funciona como una herramienta de análisis que permite interpretar proyectos, discursos y prácticas actuales con mayor profundidad crítica.

    Arquitectura siglo XXI no ofrece recetas ni modelos universales. Su objetivo es más ambicioso: proporcionar un marco conceptual que permita pensar la arquitectura desde sus condiciones reales de producción, sin nostalgia ni futurismo ingenuo. En un contexto dominado por la incertidumbre, el libro plantea que la arquitectura solo puede seguir siendo relevante si es capaz de comprender el mundo en el que opera.

    En última instancia, este ensayo propone una pregunta fundamental: ¿qué significa proyectar arquitectura en el siglo XXI? Lejos de respuestas simples, el texto muestra que la arquitectura contemporánea se encuentra en un estado de transición permanente, obligada a redefinir sus herramientas, sus objetivos y su papel social. Pensar la arquitectura del siglo XXI implica aceptar la complejidad, asumir la contradicción y abandonar la comodidad de los modelos heredados.

    Este libro se presenta así como una contribución crítica al debate contemporáneo sobre arquitectura, ciudad y cultura. No busca cerrar discusiones, sino abrirlas, ofreciendo al lector instrumentos conceptuales para interpretar un presente arquitectónico en constante transformación. Porque entender la arquitectura del siglo XXI no es solo una cuestión disciplinar, sino una forma de comprender cómo habitamos el mundo hoy.

    Synthlab – Marcelo Fraile Narváez

  • Arquitectura biodigital: Hacia un nuevo paradigma en la arquitectura contemporánea

    Arquitectura biodigital es un ensayo crítico sobre la transformación profunda de la arquitectura en la era de los sistemas digitales, la bioinspiración y los procesos computacionales avanzados. El libro no aborda lo biodigital como una estética ni como una moda tecnológica, sino como un cambio de paradigma que afecta a la forma de concebir, proyectar y materializar el espacio contemporáneo. En este contexto, la arquitectura deja de ser un objeto estático para convertirse en un sistema dinámico, informacional y evolutivo.

    La arquitectura biodigital se presenta aquí como un campo híbrido donde confluyen diseño arquitectónico, biología, teoría de sistemas, computación, inteligencia artificial y fabricación digital. El libro analiza cómo los modelos tradicionales de proyecto, basados en la forma preconcebida y el control absoluto del resultado, resultan insuficientes frente a la complejidad ambiental, social y tecnológica del presente. En su lugar, propone una arquitectura capaz de operar mediante reglas, procesos y comportamientos, más cercana al crecimiento natural que a la composición clásica.

    Lejos de una lectura tecnofílica ingenua, Arquitectura biodigital adopta una posición crítica frente al uso instrumental de la tecnología. El texto cuestiona la simplificación habitual que reduce lo digital a software o a herramientas de representación avanzada. Aquí, lo digital se entiende como una lógica operativa, una forma de pensamiento que permite trabajar con datos, simulaciones, algoritmos y sistemas adaptativos. La bioinspiración, por su parte, no se plantea como imitación formal de la naturaleza, sino como una fuente de principios organizativos, estrategias evolutivas y modelos de optimización.

    Uno de los ejes centrales del libro es la relación entre arquitectura y procesos biológicos. Crecimiento, adaptación, mutación, simbiosis y autoorganización son conceptos que atraviesan el texto y estructuran una nueva manera de pensar el proyecto. La arquitectura biodigital no busca reproducir formas naturales, sino aprender de los mecanismos que las generan. En este sentido, el libro explora cómo los sistemas computacionales permiten traducir procesos biológicos en modelos operativos aplicables al diseño arquitectónico y urbano.

    El ensayo aborda de forma rigurosa el impacto de la fabricación digital en la arquitectura contemporánea. Tecnologías como la impresión 3D, el diseño paramétrico, la robótica o los sistemas generativos no aparecen como simples medios de producción, sino como agentes que reconfiguran la relación entre proyecto, materia y construcción. La arquitectura deja de concebirse como una secuencia lineal —idea, plano, obra— para transformarse en un proceso continuo de retroalimentación entre datos, simulación y materialización.

    En este contexto, la inteligencia artificial ocupa un lugar clave. El libro analiza su papel no como sustituto del diseñador, sino como herramienta de exploración y amplificación del pensamiento proyectual. Algoritmos evolutivos, sistemas de optimización y modelos predictivos permiten ensayar escenarios, evaluar comportamientos y explorar soluciones que exceden la capacidad de control manual. La arquitectura biodigital se define así como una práctica donde el arquitecto diseña condiciones iniciales, reglas y objetivos, más que formas cerradas.

    Arquitectura biodigital se inscribe en el debate contemporáneo sobre sostenibilidad, pero evita los discursos simplificados. El texto plantea que la sostenibilidad no puede reducirse a certificaciones ni a métricas aisladas, sino que debe entenderse como una cuestión sistémica. La integración entre biología, computación y diseño permite desarrollar arquitecturas más eficientes, adaptativas y resilientes, capaces de responder a entornos cambiantes y a demandas complejas sin recurrir a soluciones estandarizadas.

    El libro dialoga con la teoría arquitectónica contemporánea, la historia reciente del diseño computacional y las prácticas experimentales más avanzadas. No se trata de un manual técnico ni de una recopilación de herramientas, sino de un marco conceptual que permite comprender por qué la arquitectura biodigital no es una opción entre otras, sino una respuesta coherente a las condiciones actuales del proyecto. Frente a una arquitectura aún anclada en modelos del siglo XX, este enfoque propone una revisión radical de sus fundamentos.

    Dirigido a arquitectos, investigadores, docentes, estudiantes y diseñadores interesados en los cruces entre arquitectura, tecnología y biología, el texto combina rigor teórico con una escritura clara y crítica. Su objetivo no es ofrecer soluciones cerradas, sino abrir un campo de exploración donde el proyecto arquitectónico recupera su capacidad experimental y especulativa.

    En un momento histórico marcado por la aceleración tecnológica y la crisis ambiental, Arquitectura biodigital plantea una pregunta de fondo: ¿qué tipo de arquitectura es posible cuando el proyecto se concibe como un sistema vivo, informado por datos, procesos y comportamientos? Lejos de nostalgias formales o de futurismos vacíos, el libro propone una arquitectura capaz de operar en la complejidad sin renunciar a la ambición intelectual.

    Este ensayo se presenta así como una contribución crítica al debate sobre el futuro de la arquitectura, entendida no como objeto terminado, sino como proceso abierto. La arquitectura biodigital no promete control total ni soluciones definitivas, pero ofrece algo más valioso: una forma de pensar el proyecto alineada con la lógica del mundo contemporáneo, donde lo biológico, lo digital y lo material ya no pueden separarse.

    Synthlab – Marcelo Fraile Narváez

  • Utopías arquitectónicas: genealogía de lo posible

    Utopías arquitectónicas: genealogía de lo posible es un ensayo crítico sobre la arquitectura como proyecto intelectual, político y cultural. No aborda la utopía como un género marginal ni como una extravagancia histórica, sino como una de las herramientas más persistentes —y problemáticas— del pensamiento arquitectónico. A lo largo de la historia, la arquitectura ha utilizado la utopía para imaginar futuros mejores, pero también para ordenar, normalizar y controlar la vida colectiva. Este libro se sitúa exactamente en ese punto de fricción.

    Lejos de una lectura ingenua o celebratoria, Utopías arquitectónicas propone una genealogía rigurosa de lo posible: un recorrido crítico por treinta proyectos utópicos que han marcado de forma decisiva la historia de la arquitectura, desde la Antigüedad hasta el presente. Desde la Atlántida platónica hasta las recientes mega-infraestructuras tecnológicas en el desierto, pasando por las ciudades ideales del Renacimiento, las vanguardias modernas, las visiones radicales del siglo XX y las utopías digitales contemporáneas, el libro analiza cómo cada propuesta articula una determinada idea de sociedad, de sujeto y de mundo.

    La utopía arquitectónica no aparece aquí como una promesa incumplida, sino como un dispositivo intelectual. Cada proyecto utópico es leído como un artefacto teórico que condensa deseos, miedos, ideologías y aspiraciones de su tiempo. Orden, virtud, progreso, eficiencia, libertad, control, redención tecnológica: la arquitectura ha puesto forma a todos estos conceptos, muchas veces bajo la apariencia de neutralidad técnica o racionalidad formal. Este libro desmonta esa neutralidad y expone las tensiones internas de cada visión utópica.

    Uno de los ejes centrales del ensayo es una pregunta incómoda, pero inevitable para la teoría arquitectónica contemporánea: ¿es posible diseñar una mejor forma de habitar sin imponer una única forma de vida? A través del análisis crítico de figuras clave y proyectos paradigmáticos, el texto muestra cómo muchas utopías arquitectónicas han terminado funcionando como modelos cerrados, incapaces de absorber la complejidad, la diversidad y el conflicto inherentes a lo social. La utopía, cuando se absolutiza, deja de ser horizonte y se convierte en sistema.

    Sin embargo, Utopías arquitectónicas: genealogía de lo posible no plantea una renuncia a la utopía. Al contrario, la reivindica como una necesidad intelectual en un contexto arquitectónico dominado por el pragmatismo, la inercia normativa y la repetición de fórmulas vacías. Frente a una arquitectura contemporánea cada vez más atrapada entre la gestión, el marketing y la eficiencia energética entendida de forma reductiva, la utopía reaparece como una herramienta crítica capaz de ampliar el campo de lo pensable.

    El libro se inscribe dentro del debate actual sobre teoría de la arquitectura, historia crítica, pensamiento urbano y cultura visual contemporánea. No se trata de un manual ni de una historia cronológica cerrada, sino de una cartografía conceptual que permite leer conexiones, rupturas y continuidades entre proyectos aparentemente distantes. En ese sentido, la genealogía no busca establecer una línea evolutiva, sino mostrar cómo ciertos problemas —el control del territorio, la organización del tiempo, la relación entre individuo y colectivo, el papel de la tecnología— reaparecen una y otra vez bajo distintas formas.

    Especial atención se presta a la arquitectura contemporánea y a su relación con las nuevas utopías tecnológicas. Smart cities, ciudades lineales, infraestructuras totales, automatización, inteligencia artificial, control de datos y optimización extrema del entorno construido son analizados no como innovaciones aisladas, sino como herederas directas de una larga tradición utópica. El libro cuestiona la idea de que estas propuestas representan una ruptura radical y muestra, en cambio, cómo reactualizan viejas fantasías de orden total bajo un nuevo lenguaje tecnológico.

    Desde una perspectiva crítica, el texto interpela tanto a arquitectos y estudiantes de arquitectura como a investigadores, docentes y lectores interesados en el pensamiento contemporáneo. Su enfoque combina rigor teórico con una escritura clara y provocadora, evitando tanto el academicismo opaco como la simplificación divulgativa. El resultado es un ensayo que puede leerse como herramienta de estudio, como material de debate y como estímulo intelectual.

    Utopías arquitectónicas dialoga con la historia de la arquitectura, pero no se queda en ella. Cada caso analizado funciona como un espejo del presente, obligando al lector a revisar sus propias certezas sobre el papel social de la arquitectura. ¿Qué tipo de futuro estamos proyectando cuando diseñamos? ¿Qué valores se esconden detrás de la forma? ¿Hasta qué punto la arquitectura sigue creyendo en su capacidad de transformar el mundo?

    En un momento en el que la disciplina parece oscilar entre la nostalgia y el solucionismo tecnológico, este libro propone recuperar la utopía como campo de conflicto, no como consuelo. Pensar la arquitectura desde la utopía implica asumir riesgos, aceptar contradicciones y renunciar a respuestas fáciles. Implica, sobre todo, volver a formular preguntas incómodas sobre el sentido mismo de proyectar.

    Este ensayo se presenta así como una contribución crítica al debate contemporáneo sobre arquitectura, ciudad y futuro. No ofrece recetas ni modelos exportables, pero sí una lectura profunda de los imaginarios que han configurado —y siguen configurando— nuestra manera de habitar. Porque incluso cuando fracasa, incluso cuando se vuelve peligrosa, la utopía sigue siendo una de las pocas herramientas capaces de empujar a la arquitectura más allá de lo dado.

    Synthlab – Marcelo Fraile Narváez

  • La lenta muerte de la curva

    La irrupción de los sistemas digitales en los años noventa no fue una mejora instrumental. Fue una ruptura. El paso de una geometría ilomórfica, subordinada a moldes, tipologías y repeticiones, hacia una geometría topológica, continua, variable y relacional. No aparecieron solo nuevas formas: se empezó a resquebrajar la caja. Esa caja que había dominado durante décadas la arquitectura moderna y tardomoderna, cómoda, eficiente… y profundamente limitada.

    Durante esos años vimos desfilar a quienes empujaron esa grieta. Una Zaha Hadid aún joven, convertida en laboratorio viviente del espacio continuo. Jean Nouvel tensando la geometría desde la materia y la percepción. Y, por supuesto, un Gehry descarado, torpe y genial a partes iguales, demostrando que la curva podía ser imprecisa, violenta y profundamente humana. No eran estilos: eran síntomas de un cambio de sistema.

    Han pasado veinticinco años del siglo XXI. Las curvas se han suavizado, esterilizado, convertido en branding. Algunas se volvieron más extremas, otras más complacientes. Muchas dejaron de ser consecuencia de un pensamiento geométrico y pasaron a ser simple cosmética formal. Y, mientras tanto, esos “jóvenes radicales” de los noventa empezaron a desaparecer. Primero Zaha. Ahora Gehry. No es solo una pérdida biográfica: es un vacío teórico.

    La pregunta no es quién hará ahora edificios curvos. Eso es irrelevante. La pregunta real es quién se atreverá a pensar la geometría más allá de la caja cuando el software ya no es excusa y la tecnología ya no es novedad. Quién entenderá la curva no como gesto, sino como sistema. Como consecuencia. Como lógica espacial y material.

    Porque si nadie toma ese relevo, la caja volverá a reinar. No por falta de medios, sino por falta de ambición. Y esta vez no será una imposición técnica, sino un fracaso intelectual.

    Marcelo Fraile Narváez

  • El efecto fotocopia

    Cuando era estudiante había un sitio al que iba a sacar fotocopias de los libros y los apuntes que necesitaba para la facultad. Eran muchos y ese lugar era casi un santuario: baratísimo, lo cual para un estudiante equivalía a un milagro. No había que elegir entre este o aquel apunte: se copiaban todos, sin remordimientos ni cálculos.

    Pero tenía su encanto imperfecto. La máquina no era precisamente de última generación, y sospecho que el dueño tampoco usaba el mejor tóner del mercado. A veces el cartucho estaba medio gastado, el papel era delgado, amarillento, con ese olor a polvo caliente que salía de la copiadora como un suspiro viejo. El resultado era siempre una pequeña sorpresa: copias borrosas, incompletas, con palabras cortadas, frases desvanecidas. Uno tenía que adivinar lo que decía y completar las lagunas con lápiz o bolígrafo.

    Era un proceso casi artesanal, donde literalmente reescribías el texto. Un proceso maravilloso donde cada estudiante debía intentar leer el texto, completándolo de acuerdo con lo que entendía. Así, cada copia, dependiendo de su calidad, podía convertirse en una versión distinta del original. A veces las palabras se intuían con facilidad y la reparación era inmediata; otras, entre la mala tinta y el lenguaje técnico de las asignaturas, surgían interpretaciones gloriosamente erróneas. Todavía me acuerdo de una exposición de mi compañero Franco: que rápidamente las imponentes obras romanas, especialmente las termas de Caracallas pasaron a ser “impotentes obras romanas”, en especial las termas del “Loco Callas”.

    Pues bien, a ese fenómeno yo lo llamo el efecto fotocopia.

    Y lo definiría como el proceso mediante el cual una idea, al reproducirse una y otra vez, de forma ininterrumpida, con cada nueva reproducción va perdiendo nitidez, se vacía de matices y acaba transformándose en algo distinto, muchas veces casi opuesto a su origen.

    Esto es muy sencillo verlo en arquitectura, ese efecto no solo existe: se institucionalizó.

    El movimiento moderno nació con una idea brillante: viviendas para las personas, ecológicas, ventiladas, funcionales, adaptables. Espacios pensados para vivir, no para ser fotografiados.

    Construcción industrializada, rápida y eficiente. Pero, con el paso de las décadas, el concepto se replicó, reinterpretado y simplificado hasta quedar reducido a su sombra. Lo que se copió fue la imagen, no la inteligencia del sistema. Y cada nueva versión fue un poco más borrosa, un poco más superficial, hasta que la forma sobrevivió vacía de sentido, y mucho más emborronada.

    El resultado está a la vista. La cocina funcional, pensada como el corazón técnico de la casa moderna, terminó convertida en una micrococina, un rincón en el que no se puede abrir la puerta del horno sin golpear la nevera. El baño, que había sido símbolo de higiene y bienestar, se transformó en un cuartito de supervivencia, donde todo cabe apretado, salvo la dignidad que ya no cabe. Y en ese proceso de recorte milimétrico, el bidet cayó primero: sacrificado en nombre de los metros cuadrados.

    Afortunadamente, todavía hay ciudades donde el código de edificación protege al bidet como si fuera patrimonio cultural (Lo digo bajito, por si alguien me escucha y toma nota para cambiar la ley.). Porque ya me imagino al promotor de turno, sonriendo en la visita al piso piloto, vendiendo el nuevo baño “sin bidet” como “espacio wellness multifuncional para yoga o meditación”, y cobrando quince mil euros más por los veinticinco centímetros cuadrados ganados.

    Esa es la paradoja más absurda de nuestro tiempo: mientras el coche se volvió eléctrico, el avión se hizo supersónico y el barco autónomo, la casa se volvió más cara, más pequeña y más rígida. La arquitectura, que debía liberar, terminó encerrando. El espacio doméstico se sofisticó en su equipamiento, pero se empobreció en su sentido. Y la casa moderna, esa que nació para abrirnos al mundo, terminó siendo una celda con Wi-Fi, perfectamente conectada y perfectamente estanca.

    Hoy nuestras viviendas son diseñadas por agentes inmobiliarios, por bancos y por fondos de inversión. El arquitecto es asesino cómplice que ve como muere la comodidad, la vida para cobrar unos miles de euros más. Y en esta farsa al que llamamos ciudades contemporáneas, la caja sigue siendo caja. Solo que ahora tiene cobertura 5G.

    Marcelo Fraile Narváez

    www.synthlab.bio

  • Demasiado LED para tan poca idea

    Hoy quiero proponerte un nuevo ejercicio, te propongo que rompamos todas las barreras. Que cerremos, de una vez, esos vetustos libros de arquitectura que todavía veneran planos amarillentos, y esas teorías que se agotaron antes de que existiera internet. Que dejemos a un lado las revistas de arquitectura de billuterie, esas que venden una estética de lujo con alma de plástico: pura superficie, puro “render de lujo” pero que solo son muebles caros dentro de cajas herméticas para una clase privilegiada, que no piensa en metros cuadrados sino en hectáreas cuadradas.

    Por una vez, te pido que me hagas caso y que abramos otra bibliografía. La de los ingenieros de materiales, los neurocientíficos, los programadores de IA, los biólogos sintéticos, los astrofísicos que imprimen hábitats en Marte. Gente que no diseña fachadas, sino hipótesis. Porque ahí, en los márgenes de lo que la arquitectura todavía no se atreve a mirar, está naciendo la próxima vivienda.

    Los nuevos materiales, la inteligencia artificial, los sistemas robóticos, la fabricación aditiva, los algoritmos evolutivos… están empujando el concepto de casa hacia otra dimensión. Y no se trata de cambiar de herramientas: se trata de cambiar la naturaleza misma del habitar.

    Siempre que pienso en esto recuerdo a Humberto Maturana, aquel biólogo chileno que, mirando más allá de los organismos, y de la biología fue capaz de reconfigurar su disciplina y transformar otras tantas.

    Maturana no encontró sus respuestas en la biología tradicional, sino mirando más allá de ella, hacia la filosofía, la cibernética, la teoría de sistemas y la epistemología. Y desde ahí, cambió todo. Ese es el punto: la verdadera enseñanza de la arquitectura ya no está en los libros de arquitectura. Está en los descubrimientos que están ocurriendo fuera: en la física cuántica, en la biología sintética, en la neurociencia, en la inteligencia artificial, en los laboratorios donde se diseña la materia a escala molecular. Si Maturana revolucionó la biología mirando fuera de la biología, nosotros solo podremos revolucionar la arquitectura mirando fuera de la arquitectura.

    Quizás, si nos animamos, estemos al borde de una segunda revolución doméstica. No una que cambie la mampostería por vidrio o el hormigón por madera laminada, sino una donde la casa deje de ser un contenedor estático y se convierta en un organismo sensible y evolutivo.

    Hoy, la tecnología digital permite proyectar viviendas mucho más eficientes, no solo desde el punto de vista energético, sino también cognitivo. Los algoritmos de simulación pueden analizar en segundos miles de configuraciones espaciales, materiales y climas, encontrando la versión más óptima para cada entorno, cada orientación, cada modo de vida. La inteligencia artificial no sustituye al arquitecto: lo amplifica. Le permite diseñar con datos, anticipar comportamientos, medir emociones, validar hipótesis. Ya no proyectamos solo la forma: proyectamos la experiencia del habitar antes de que exista.

    Los nuevos materiales son otro eje de esta revolución silenciosa. Aparecen polímeros autorreparables, como la protomolécula, capaces de reconstituir su estructura cuando se dañan, imitando la biología de los tejidos vivos. Imaginemos muros que se cierran solos ante una fisura, fachadas que cicatrizan, estructuras que detectan su propio deterioro. No hablamos de ciencia ficción: hablamos de lo que hoy se investiga en laboratorios de biomateriales y nanotecnología, donde se combinan proteínas, grafeno y polímeros conductivos para crear materias inteligentes, capaces de aprender del daño y reforzar sus zonas débiles tras cada evento. La casa se convierte en un cuerpo: sensible, autorregulado, adaptativo.

    Pero claro, todo esto es imposible si seguimos pensando en cuatro paredes planas, un piso y un techo, todo hecho con vidrio, ladrillo u hormigón. Necesitamos otra cosa. Necesitamos salir de la zona de confort y experimentar con nuevas formas. Ahí es donde la visión de Greg Lynn y su Casa Embriológica se vuelve profética. Una arquitectura que crece, se deforma y se adapta como un organismo, que genera variaciones, mutaciones y nuevas posibilidades sin recurrir a la repetición. Viviendas completas fabricadas en horas, no en meses, con mezclas de cemento biológico y una nueva generación de polímeros activos.
    Casas que se imprimen con precisión milimétrica, capa a capa, capaces de modificar su geometría en tiempo real. Casas que no solo se construyen: se actualizan, igual que una versión de software.

    Podemos imprimir muros con canales de aire que respiran, techos que dispersan el calor como los termiteros de África, y filtran la luz como hojas, suelos que almacenan energía cinética. O tratan las aguas grises. La vivienda deja de ser una obra: se convierte en un organismo fabricable y editable.

    Imagínate si un gobierno, en lugar de repetir planes obsoletos, se tomara en serio esta tecnología. En cuestión de meses podría erradicar los alquileres abusivos, la falta de oferta, los zulos sin ventilación. Podríamos fabricar hábitats evolutivos, accesibles, de bajo coste y alta calidad, replicables en cualquier lugar. Pero claro, la caja da tranquilidad: la caja siempre da tranquilidad.
    Total, el problema de la vivienda es de “los otros”, de los pobres, que no acceden a una hipoteca. Y mientras tanto, el negocio sigue igual.

    Hoy nos venden como alta tecnología casas equipadas con sensores, actuadores y microprocesadores que miden la humedad, la temperatura, el CO₂ o el estado emocional de los habitantes. Casas que responden con un parpadeo de luces, con un “modo zen”, con una persiana que baja sola. Perfecto.
    Pero seamos honestos: eso ya existía hace veinte años, y hoy un niño de diez años puede programarlo con una placa Arduino y una protoboard.
    No nos engañemos: lo que nos están intentando vender es una caja de zapatos con luces de árbol de Navidad. Eso no es arquitectura avanzada: es marketing digital con paredes.

    La verdadera revolución será otra. Será cuando la casa tenga metabolismo, cuando el hábitat sea biológico, cuando la arquitectura deje de construirse y empiece a crecer. Y entonces aparecerá la pregunta que debería guiarnos:
    ¿y si el siglo XX fue el siglo de la máquina para habitar,
    el XXI será el siglo del organismo para evolucionar?

    Una arquitectura que ya no se piense como un producto, sino como una entidad simbiótica, capaz de mutar contigo, anticipar tus necesidades, regenerarse y adaptarse como una célula o un coral. Quizás —solo quizás—, después de un siglo de vivir en cajas, hayamos descubierto por fin cómo hacer que la arquitectura respire otra vez.

  • Grafito: game over

    Esta semana Google presentó Nano Banana. Lo probé. Y no exagero: es un antes y un después. Le das un espacio, una silla, una mesa… y te construye la habitación entera. Si hay un espejo, te crea el reflejo. No es un render frío ni un collage improvisado: es una máquina que piensa en términos espaciales, con lógica física y con atmósfera. Y eso cambia todo.

    Durante décadas nos vendieron que la sensibilidad estaba en el trazo humano, que el aura del arquitecto residía en su mano temblando sobre el papel. Mentira. El dibujo a mano no es más auténtico: es más lento, más limitado, más frágil. Google acaba de demostrar que la máquina no roba la expresividad, la acelera. No reemplaza al arquitecto, lo potencia. Se mete en su mente y materializa intuiciones en segundos.

    La representación arquitectónica cambió y el lápiz quedó reducido a fetiche académico. Los que lo defienden no son románticos: son arqueólogos de una disciplina que se mueve demasiado rápido para esperarles. El lunes tengo clase con mis nuevos alumnos de primer año y debo enseñarles herramientas que, cuando se gradúen, estarán muertas. Ese es el dilema: la educación corre maratones, mientras la tecnología va en nave espacial.

    Nano Banana no es un experimento simpático. Es una señal. La representación cambió, y con ella, la enseñanza del diseño. Lo que está en juego no es si usamos lápiz o algoritmo. Lo que está en juego es si nos atrevemos a enseñar a pensar con las máquinas… o condenamos a nuestros estudiantes a dibujar ruinas desde el primer día.

  • La ciencia ficción nos está mostrando lo que la arquitectura contemporánea no se atreve

    Desde hace décadas, la ciencia ficción expone con descaro los grandes retos que la arquitectura se niega a enfrentar, proponiendo escenarios que van del optimismo más depurado a la distopía más perversa.
    Un rápido zapping por las principales plataformas de streaming nos devuelve planetas biológicos que respiran y se autorreparan, ciudades que crecen como organismos, hábitats que se pliegan y despliegan con precisión quirúrgica.
    Mientras tanto, en el mundo real, seguimos aplaudiendo la enésima torre de vidrio “icónica” disfrazada de innovación. Grandes cajas de cristal u hormigón, espacios sin alma que continúan sometidos a teorías apenas modificadas desde aquel señor de gafas y ego desbordado.
    El cine y las series ya hacen lo que deberíamos estar prototipando: experimentar sin permiso, llevar los límites más allá de lo habitual. Hoy contamos con una tecnología sin precedentes en la historia de la humanidad, pero, al menos en arquitectura, la mayoría prefiere acomodarse en su sillón frente a la chimenea y elegir lo que ya conoce.
    Con ciudades cada vez más densas, una humanidad en la que jóvenes —y también mayores— no pueden acceder a una vivienda digna, y regiones enteras sin servicios básicos, seguimos creyendo que la caja de hormigón, de espacios flexibles y paredes blancas, es la solución.
    Muchos temen que la IA les quite el trabajo, pero si mantenemos esta mentalidad nos convertiremos en fósiles mucho antes de que una megasuperinteligencia se moleste en reemplazarnos.
    Tal vez sea hora de sustituir esa pregunta por otra mucho más incómoda: “¿Cuándo tendremos el valor de iniciar una verdadera revolución?” y “¿Cuánto más vamos a permitir que la ficción nos robe el futuro?”.